PeruTravelWorld       
  Facebook   Nuestros
Websites
  Newsletter
Peru-Spiegel-Mail 
 
Loading
 

Home

Relatos de viajes
Viaje de lectores a Pozuzo

Vacaciones en Pozuzo

Selva con todo confort

Napo y Sucusari

La ruta al paraíso

Selva del Tambopata

Salkantay

Chachapoyas-1

Chachapoyas-2

Chachapoyas-3

Choquequirao

Viajar por el Perú
Circuitos turísticos
Destinos de viajes
Motivos par viajar

Catálogo de programas de viaje

Impressum

 

 

Camino a Choquequirao


Como si fuera una colmena de luciérnagas nos recibe el poblado de Cachora, descendemos por un camino afirmado y el gran pueblo que se veía desde arriba se convierte en casas de adobe iluminadas en su mayoría por lamparines de kerosén.

Si pensé que la vista desde arriba era hermosa fue porque no había levantado la mirada. 

Cachora es un pequeño pueblo que se encuentra insertado en las faldas de los cerros, a 60 km de Cuzco. Se encuentra el cielo más despejado que un cristal pulido, las estrellas se aglomeran y te dejan confundido, es imposible no sentirse abrumado por tantas luces. Si por cada estrella fugaz un deseo es cumplido, aquí todos tus deseos serán concedidos. 

El cielo se niega a salir de mis ojos, pero tengo que enderezar el cuello, nos esperan varios días de caminata.

El sol sale muy temprano en esta parte de la Sierra Peruana, las estrellas han sido arrasadas por un mar celeste y un aire fresco. Cargadas las mulas nos disponemos a comenzar el primer día de caminata, la misión es llegar al poblado de Santa Rosa. El camino para salir del pobladoVista en el camino a Choquequirao es muy sencillo y hermoso, varias caídas de agua nos sirven para refrescarnos la cabeza. Las mulas se quedaron atrás, el grupo se comienza a dispersar mientras el camino se comienza a hacer cada vez más sinuoso, los caramelos de limón ayudan a engañar al hambre, el agua debe ser racionada, el sol nos quema fuerte la cabeza y el sonido de la última caída de agua se ha perdido en el cerro. 

El valle ya quedó atrás, el camino de arena es fastidioso y la sonrisa de los primeros pasos se ve reemplazada por el cansancio que tenemos. Al llegar al mirador logramos observar al fondo la ciudadela inca a la que nos dirigimos, es ahí donde el último Inca se refugió y nosotros buscamos refugiarnos ahí, por lo menos por un día, de la atosigante vida citadina. Nos comenzamos a cruzar con los viajeros que retornan, se ven obviamente cansados, pero todos nos dan fuerzas para seguir, una fuerte bajada es la que nos Puente sobre el río Apurímac espera del mirador a Chiquiska, pueblito con abundante agua y donde nos disponemos a almorzar.

El grupo se encuentra completamente partido, cada uno se ha separado y camina a su propio ritmo, el calor no deja pensar en los hechos terrenales que aqueja al mundo, con un cielo así uno se olvida de lo contaminada que se encuentra su ciudad, uno siente que se encuentra solo en el mundo, que cada paso purifica el alma, cada caída viene con la fuerza para levantarse; los pies queman, pero no duelen, una energía trascendental rodea todo el lugar, la meta es clara y ni las ampollas logran sacarlo de tu mente. Para la hora del almuerzo has caminado más que en varios días, una pequeña lata de atún con galletas es suficiente para mantenernos, cortamos unas frutas, nunca antes la naranja tuvo mejor sabor.

Ya se escucha a lo lejos el río rompiendo contra las rocas, los deseos de llegar a Santa Rosa son grandes y aunque el camino se encuentra menos empinado, ya se siente el cansancio físico. El paso cada vez más lento nos hace estar más juntos y nos permite compartir el bonito paisaje con los amigos, así como las ganas de meter la cabeza en el río. El río se encuentra helado y mis pies en la gloria, la vista es impresionante, el nevado que nos ha acompañado se encuentra cada vez más cerca y sus nieves derretidas nos refrescan el alma. Tenemos que cruzar unChoquequirao puente colgante que pese a ser muy seguro se convierte en todo un reto para todo aquel que le tema a las alturas. 

Nuestro arriero con las mulas no esperan, no paran y sólo descansan cuando comen; la coca que chacchan estos chaskis modernos, como en la época inca, les sigue dando fuerza en estos días. 

Ahora el reto es alcanzar el agua que cargan las mulas ya que el agua del río Apurímac no es potable. Con las fuerzas renovadas me doy al ascenso rápido en las trochas en zig-zag; al parecer los poderes mágicos del río se pierden con la misma celeridad que me los otorgó, de nuevo me encuentro agotado y sin agua, me comienzo a sentir sumido en el miedo y en impotencia de estar tan lejos de todo lo conocido, mis amigos dependen que yo encuentre al arriero y les pueda dejar agua, mis fuerzas sólo radican en eso, mis pies caminan por inercia, ya parezco una mula clavando los puños en la tierra para subir más rápido, mi peregrinación ha comenzado, si alguna vez dudé de Dios ahí estuvo para hacerme recordar mis pecados, me arrepentí de todos, me sentí miserable, me sentí solo. 

Como uno de los últimos rayos del sol, aparecieron unos viajeros que me brindaron agua y una vara de apoyo, el ser humano que me dio la mano me devolvió la fuerza, me sacó la sonrisa que me acompañó hasta el fin del día; logré, no sin mucho esfuerzo, alcanzar al arriero que por poseer sólo un oído hábil no escuchaba mis gritos. 

El poblado de Santa Rosa nos recibió con los brazos abiertos y un pequeño rincón para levantar las carpas. El cansancio es tal que el mundo al parecer gira más despacio ya que todos nos movemos más lento, esta imagen se ve destruida por la llegada de un grupo que retorna de la ciudadela, como si acabaran de salir de sus camas, saltan, corren y cantan canciones Choquequirao acompañados de una quena. Su alegría nos envuelve y pese a que muchos tenían ganas de regresar las fotos de una cámara digital nos impulsan a seguir. 

Nos despertamos temprano y tomamos un desayuno rápido, sólo esperamos que el camino sea más gentil con nosotros y que el agua no nos vuelva a faltar en ninguna parte del mundo. Definitivamente el camino se vuelve de gentil hasta amoroso, las caídas de agua retornan, los cerros nos dan sombra y nos alegran la vista loros verdes en copas de árboles, una pequeña serpiente se cruza en nuestro camino y las frutas que llevamos nos hacen sentir sobre una alfombra, los descansos son para el alma ahora, la vista es tan hermosa que no detenerse a observarla sería un pecado, las orquídeas se esconden pero a lo lejos las podemos ver, si el día anterior no hubiera sido tan fuerte probablemente no podría apreciar tan bien estos paisajes.

La entrada a Choquequirao es monumental, de repente te encuentras en un pueblo con la mejor vista del valle, logramos ver todo el camino recorrido. Marampata es un pequeño pobladoChoquequirao dentro de los límites de la reserva de la ciudadela Inca, aquí se encuentran sus descendientes y a tan solo 20 minutos de conseguir llegar a Choquequirao decidimos sentarnos un momento en sus jardines para observar el esplendor de nuestros antepasados desde cierta distancia. En la ciudadela acampamos en uno de sus andenes, en el camino observamos varios recintos en los cuales la maleza ha hecho su domicilio. La construcción es distinta a las que antes había observado, ver caer el sol en su plaza me llenó de mucha angustia, la soledad de este último bastión Inca me afligía, la vista de la quebrada como una vena rota, la sierra árida de su camino, la selva naciente en sus puertas, el nevado como guardián. El agua ya no corre por los canales, en los templos ya nadie ora y sus reservorios se encuentran vacíos, el sol se mete temprano entre los cerros y me da la sensación que si uno de ellos fuera un poco más bajo se vería el mar del recuerdo. 

A la mañana siguiente el retorno, la sonrisa no se me borra, Choquequirao y Marampata lugares a los que mi mente regresa cuando necesita descanso, hasta ahora un poco de mi se ha quedado en ese camino, como mis botas la tierra me dejó una huella.

Pedro Jáuregui Scarsi

Informes y contratación: